La niña se miraba en el espejo de una de las habitaciones de la casa. Lo hacía con mucha frecuencia pero en realidad cuando le daba la gana. Era una necesidad que le surgía tan comúnmente como una aceptación de necesidad de persona. Ella realmente necesitaba mirarse para mirar a alguien. ¿cómo podía asegurar que realmente ella misma pudiera ser al mismo tiempo quién necesitaba ver? ¿sabría conocerse mediante un espejo? ¿esperaría alguna otra respuesta que no fuese la que ella quería escuchar? ¿se extrañaría, luego, cuando deje de mirar al espejo y salga de la habitación?
Ella espera ser atendida por su bondad y escuchada con tanta atención como ella misma se escucharía a sí. Se ofrece miles de gestos y ademanes, por pura satisfacción de verse en otra persona como ella. Contempla cada parte de su rostro y se estremece. Le encanta. Cómo quisiera sentirse mirada con aquella mirada que le produce una extraña sensación al no poder ejecutarla sin el espejo. Desea tener esos mismos ojos. El espejo le reconoce cada palabra que ella dice porque ella la escucha y ella le habla. Las respuestas no tienen coherencia porque no la pre-ci-sa. Cualquier cosa que diga es entendible y sencilla. Lloran juntas un largo y lento tiempo. Se miran y quieren abrazarse pero chocan. Se entienden. Le estallan ganas de penetrar el espejo y tocarla. Sentirse una niña junto con su otra niña que no puede ser. Quiere sacarla del espejo y hacerle compañía. Preguntarle por qué se sentía tan igual a ella, tan desgraciada como incomprendida, tan enferma de necesidad de persona como antes de verla.
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