Tenía dos cigarrillos y no lo sabía. Había esperado a su amiga hasta horas
inconcebibles, pero recibió un mensaje donde le comunicaba su ausencia. Y ella
ya tenía dos cigarrillos y no lo sabía.
Se apresuró a encontrar su encendedor, ya despistado, sin utilidad, y se
dirigió hacia el patio con su vaso de cerveza intacto. Se acomodó en la
reposera que yacía en el patio a la intemperie, se sentó y se dispuso a leer un
cuento que le había llegado hacía unas horas.
El cuento sobresalía por su falta de libertad, por un confinamiento
inesperado, por una carencia de visibilidad de cosas esenciales.
Ahora entendió todo.
Extrañaba a su gato, como aquella persona del cuento. Ringo, recordó,
realmente la quería.
Empezó a tiritar de frío, allí sentada en la cómoda reposera donde jamás
había tomado un sorbo de sol.
Se dio cuenta que el cigarrillo la había mareado y depositado en un
estado masivo de ansiedad.
Prosiguió a adentrarse en su casa nuevamente, esta vez para concentrar
un poco el calor, no más.
Inmediatamente le urgieron ganas de fumar otro cigarrillo, pero en otro
lado que no significara afuera, que no hiciera frío (aunque en verano), que no
se perturbara por ruidos ajenos que en ese horario el barrio pregonaba.
Se arrinconó en su garaje. Prendió un cigarrillo y pensó: Acá estoy, el
motor de la heladera se apagó, ya casi puedo oír el silencio, las cervezas se
acabaron, mi cigarrillo sigue andando, mi gato donde estará bien cuidado si no
es aquí conmigo y mis cariños diarios, mis ganas se hallan conmovidas por un
cuento que recién leí. Donde estaría mejor sino es aquí. Dónde podría vivir si
no es aquí. Cuantas horas me sobran para dormir? Es tan significante no desear
persistir?
El sueño y el frío son esos protagonistas de siempre.
Tenía un dibujo pendiente, que no podía terminar sin el apañamiento de
un cigarrillo.
Su amiga no llegó nunca. Ella encontró dos cigarrillos y los echó para
sí misma.
Esa noche no pudo ni dormir en su cama, estaba ocupada.
La noche se le ensimismó
Como algunas veces el rio se contempla sobre la orilla y pretende
extenderse un poco más,
así obró ella.
Se quedó unos instantes más, fumando, escribiendo,
diciendo,
que tal vez si hubiera sido distinto no habría leído el cuento y caído
en el reconocimiento de que su gato falta y lo siente, de que promete, de que
se somete al amor sin darse cuenta a veces... de que se estaba enamorando del
presunto escritor del cuento, de que había caído en la cuenta de que había
caído de nuevo.
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