viernes, 23 de septiembre de 2011
Es un leve descenso de nubes hacia el costal de un río vacío porque la correntada se llevó todo, barcos, peces y puentes, y hay una humedad que pudre el aire. Una caída suspendida por el aire de un objeto que se tiró al cielo y que se espera que caiga, inútilmente al otro lado del cielo. Es el planeamiento de aquella paloma mensajera que acaba de reconocer el frío en sus huesos mientras intenta desconocer el sentido de la inconsciencia para poder llegar a destino. Es el vuelo de una hoja desprendida por el otoño, por ese viento gélido y acojedor, mientras uno permanezca ensimismadamente abrigado en su cordura, la que intenta conocer el rumbo al que debe dirigirse en tanto el aire se decida para dónde mandarla hasta que lentamente reconozca que yace en un tumulto de hojas iguales sobre el suelo de una plaza. Es el suicidio volátil de una persona que exasperada de su propia vida decide asomarse a una ventana sin intención de explicar ni tampoco de abandonar la existencia sino de fumarse un cigarrillo tomando un vaso de alcohol, a la cual las causalidades jamás debieron estar a su favor; se asoma a la ventana, resbala y mientras cae desde la ventana que no debía haber permanecido tan abierta suele pensar lo que todos piensa en ese momento o lo que piensan cuando se quieren dormir y les es imposible, piensa en cómo podría terminar si todavía no llegó pero sabe que no le falta demasiado, piensa en cómo sería dormirse de un golpe tan fuerte, dormirse de estallido de huesos, dormirse desangrado de casualidad.
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