Pienso en ir al cementerio y sentarme a los pies de una lápida cualquiera, echarme en el frío mármol (en la espesura del musgo ordinario o un matorral de yuyos donde yace alguien sin nombre)
Hay un temor a sentirme enterrada y humillada por los cuidadores del jardín de los muertos. Orinarán sobre mi. Se reirán luego.
Yo sé que me ignoran aún sentada allí, como muerta que saluda a sus muertos paseando por caminos sinuosos de tumbas erguidas al dios nocturno.
Estuve observando algunas flores compradas (esas que solo aprecian los muertos), me dí cuenta que son mentiras, terriblemente falsas: pero necesitan agua.
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